Soy malo. Malísimo. Un dolor de muelas. El Judas Iscariote de la  pala. La pesadilla de mis compañeros de pista. Eso sí, cuando salgo de la pista soy como una monjita; todo candor y amabilidad. Y eso no solo me pasa a mí. Cientos de jugadores se transforman en la pista por su manera agresiva de ser a la hora de competir; “ya que estamos, que te parece si ganamos”. Pues bien, yo soy de esos. Es lo que tiene llevar tantísimos años sin parar intentando aprender a jugar a esto tan difícil que llaman pádel.

Como a muchos de vosotros, mi vida se rige por un extraño sistema de horarios que hace que dejen de existir un determinado número de horas y donde solo tres amigos comparten un agujero negro temporal donde solo el padel tiene cabida en forma de liga, clase, pachanga o entrenamiento. En resumen, vivo, como casi todos los que nos gusta este deporte, en una burbuja de palas, arena y moqueta.

Y a mí que me importa te estarás preguntando y contigo casi todos los filósofos. Pues bien, Adidas Padel ha tenido la brillante idea de pedirme unas cuantas líneas  que se unan a su blog desde el que iremos desgranando de la manera más divertida posible situaciones, comportamientos y comentarios que normalmente vivimos en las pistas y sus alrededores.  También probaremos material, que desde ya he de deciros que se presume fantástico y del porqué se hace de una manera y no de otra y de porqué se utiliza un determinado material y no otro. Creo que lo vamos a pasar muy pero que muy bien.